El Modelo Psicológico de la Salud Biológica propuesto por el Dr. Emilio Ribes Iñesta (1990c) se presenta como un modelo alternativo en la forma de abordar la dimensión psicológica en los problemas de salud. Creado bajo una perspectiva Interconductual (Kantor, 1980), el modelo planteado por el Dr. Ribes se muestra como un eje vinculador entre dos modelos o formas en que actualmente se ha abordado el binomio salud-enfermedad y que cubren dimensiones distintas; la concepción biomédica y la sociocultural. De acuerdo con este modelo, la salud biológica o la enfermedad será el resultado de la forma en que el comportamiento media los efectos del ambiente sobre el organismo.
La creación del Modelo Psicológico de Salud Biológica parte de que el conocimiento del proceso biológico de una enfermedad y las condiciones sociales en que se da, no son suficientes en el proceso de prevención, curación y rehabilitación, se requiere de más y esto implica el saber cómo aplicar este conocimiento de forma efectiva al grado de que afecte en el actuar cotidiano de las personas, encaminándolas a la emisión de comportamientos preventivos (Ribes, 1990c).
3.1 Supuestos Básicos del Modelo Psicológico de la salud Biológica
El modelo Psicológico de la Salud Biológica propuesto por Ribes (1990c) sienta sus bases en la “Teoría Interconductual” (Kantor, 1980) la cual ha demostrado que posee un cuerpo de conocimientos que le permiten cumplir con los criterios generales que debe de ostentar una teoría en psicología (Ribes y López, 1985). Dicha teoría ha permitido entre otras cosas, identificar un objeto de estudio propio de la Psicología, el cual ha sido definido con el término “Interconducta” y se refiere a la interacción construida entre el organismo y ciertos elementos del medio.
Ribes (1990c), por su parte, define el comportamiento –o Interconducta- como la práctica individual de un organismo biológico en un medio regulado por relaciones socioculturales, esto querría decir en el ámbito de la salud, que las alteraciones biológicas definitorias de la enfermedad no pueden desligarse en su génesis y manifestaciones de las circunstancias ambientales y socioculturales que delimitan su ámbito propiciador, de esta manera -y desde este modelo- el comportamiento es considerado como un eje mediador entre las características biológicas propias del organismo y las características socioculturales que le dan contexto. Es así, que la intervención de la psicología en el área de la salud se ve justificada debido a que el comportamiento es un elemento que funge como un regulador en el proceso de salud-enfermedad.
Lo anterior cobra sentido si consideramos que un individuo no puede desligarse de los efectos que sobre él tiene el ambiente, razón por la cual las personas tenemos que hacer uso de nuestra capacidad para ajustar nuestra interacción con el ambiente de manera funcional, lo cual trae como consecuencia intrínseca un cambio en el funcionamiento biológico del individuo, así, la forma de interacción del individuo con su medio regula el proceso de salud-enfermedad. Es por esto, que en el proceso de salud enfermedad, debemos de tomar en cuenta la forma en que los comportamientos operan, es decir, si los comportamiento son de riesgo o de prevención -los cuales, sobra decir, son representados por las prácticas sociales y culturales que responden a costumbres y hábitos-. Tales prácticas tendrán como resultado un estado biológico que será categorizado como de salud o de enfermedad.
Los supuestos teóricos que le dan vida al Modelo Psicológico de la Salud Biológica (Ribes, 1990c), son los siguientes:
La descripción psicológica del binomio salud-enfermedad, obedece a la dimensión individualizada que tiene lugar entre la interacción de factores biológicos del organismo y las relaciones socioculturales.
Los factores biológicos y sociales, analizados desde un modelo psicológico de la salud, no tienen correspondencia alguna con las formas propuestas desde sus disciplinas originales.
Los factores biológicos se representan como la condición misma de existencia y las funciones biológicas que integran la actividad.
Los factores socioculturales son representados como las formas particulares que caracterizan a un individuo en su interacción con las situaciones de su medio y con base en una historia personal.
La dimensión psicológica de la salud, implica entonces lo que hace o deja de hacer un individuo frente a una situación particular, lo cual da como resultado la salud o la enfermedad. De esta manera, tal dimensión consta de tres factores principales:
Las maneras consistentes en que actúa un individuo en su contacto con situaciones que afectan de forma potencial su estado biológico.
Las competencias que definen la efectividad del individuo frente a una gama de situaciones que afectan de forma directa o indirecta, el estado de salud.
La forma en que el comportamiento participa en la modulación de los estados biológicos.
Estos tres factores en su conjunto representaran acciones propiciadoras de enfermedad o acciones preventivas y en su caso acciones de curación o de rehabilitación.
3.2 Componentes del Modelo Psicológico de la salud Biológica
El Modelo Psicológico de la Salud Biológica (Ribes, 1990c) se compone de seis elementos (Figura 15). Los cuales están clasificados en dos categorías; la primera corresponde a los procesos y está compuesta por tres elementos psicológicos fundamentales que tienen que ver con el proceso psicológico relacionado con el mantenimiento, pérdida o recuperación de la salud, dichos elementos corresponden a variables psicológicas vinculadas con la historia del individuo (la historia interactiva del sujeto dentro de la cual se encuentran los estilos interactivos y la historia de competencias), a sus capacidades (las competencias funcionales presentes) y a las formas en que su acción regula su reactividad biológica (la modulación biológica por las contingencias).

Por otro lado, la segunda categoría se refiere a los resultados, es decir, los efectos obtenidos de la interacción de los tres componentes de la categoría procesos, dichos resultados se dan a un doble nivel, por un lado afectan el grado de vulnerabilidad biológica del organismo y por el otro, influyen en la disponibilidad y emisión de conductas instrumentales. Los elementos que componen esta categoría son las conductas instrumentales preventivas o de riesgo, los factores biológicos relacionados con la vulnerabilidad biológica presente y la aparición o no de la patología biológica o bien de conductas asociadas a la misma (ver Figura15).
El proceso Psicológico de la Salud
Los tres factores que conforman el proceso psicológico de la salud, interactúan de manera diferencial uno del otro y el punto de referencia de dicha interacción es la modulación de los estados biológicos determinando la aparición o no de alguna patología biológica.
La historia interactiva del individuo obedece a cómo se ha comportado el individuo en el pasado en situaciones particulares y a las relaciones comprendidas en dichas situaciones, de esta forma la historia crea la disposición del individuo a interactuar en una situación específica presente, facilitando o interfiriendo con la emisión de ciertas conductas, sin embargo, debe quedar claro que la historia no constituye el factor decisivo para que se responda funcionalmente en una situación. Este componente se analiza en dos dimensiones separadas: a) la historia de competencias del individuo y b) sus estilos interactivos:
La historia de competencias del individuo.- Las competencias en palabras de Ribes (1990a) “son conceptos que se refieren a capacidades o acciones que producen resultados o logros específicos en situaciones en la que se requiere de alguna destreza o habilidad específica para alcanzar dicha situación” (p.87). El término competencia se refiere, entonces, a las habilidades y destrezas que pueden ser manifestadas en respuesta a un criterio.
La historia de competencias se refiere a la capacidad adquirida por el individuo para interactuar de forma efectiva en situaciones que requieren de ciertos resultados. Este elemento facilita o interfiere en la emisión de las conductas que en una situación determinada cumplen con los requerimientos establecidos; esto es, tanto más correspondan las competencias pasadas con las contingencias actuales, la interacción se verá facilitada y viceversa. Cabe hacer mención, que entre más variedad de situaciones haya en la historia de competencias, la capacidad para enfrentar contingencias actuales será mayor (Ribes, 1990c).
b) Los estilos interactivos.- son la manera en que cada individuo aprende a entrar en contacto con determinado tipo de situaciones. Son lo que tradicionalmente se considera como personalidad y significa la forma consistente e idiosincrásica en que el individuo se comporta frente a una situación nueva. Los estilos interactivos desarrollados por el individuo conforman la manera en que el individuo se comportará, aunque esto no quiere decir, que se conocerán las conductas que el individuo desarrollará, sino la manera, es decir, los modos consistentes con los que el individuo hace frente a determinadas situaciones, son entonces, los estilos interactivos los que modulan la oportunidad, la velocidad y la precisión de las conductas efectivas que se desenvolverán en una situación determinada, en otras palabras fungen como un regulador de competencias.
Toda vez que se ha identificado el estilo interactivo del individuo, es posible predecir la forma en que el individuo entrará en contacto con una situación determinada, lo cual permite examinar la manera en que el sujeto ajustará su comportamiento a los requerimientos de dicha situación. Ribes (1990c) ha propuesto una serie de situaciones (arreglos contingenciales) que de no establecer criterios de efectividad pueden hacer que el individuo despliegue sus estilos idiosincrásicos. En la Tabla 5 se muestran dichos arreglos, los cuales se encuentran divididos entre aquellos que se vinculan con el desarrollo de estrés y aquellos que influyen en el grado de competencia (Ribes, 1990c).

Las competencias funcionales presentes están relacionadas con la capacidad actual del individuo y éstas comprenden:
1) las demandas que la situación establece;
2) los factores que definen el contexto (características de la situación o condiciones biológicas momentáneas del individuo) y,
3) la capacidad de interacción que tiene el individuo ante dicha situación con base en sus experiencias anteriores.
Asimismo, las competencias pueden ser clasificadas en cuatro niveles distintos, los cuales se distinguen entre sí, según el grado de complejidad que representa su ejecución. Estos cuatro niveles funcionales en que pueden tener lugar las competencias efectivas, son definidos por Ribes (1990c) de la siguiente manera:
Interacciones situacionales no instrumentales.- El individuo reacciona sin alterar la interacción, siendo éste, regulado por factores presentes en una situación determinada. En este caso estamos hablando, en el tema de la prevención del VIH/SIDA, de personas que no proponen el uso del condón y se someten a las condiciones que impone la pareja sexual.
Interacciones situacionales instrumentales.- El individuo responde a la situación produciendo cambios en ella, cambios que afectan, ya sea de forma favorable o desfavorable su propio comportamiento. El mejor ejemplo, que ilustra este tipo de interacción es la persona que toma la iniciativa para tener relaciones sexo genitales, sin advertir el riesgo en que se encuentra. En este sentido la mayoría de las conductas de riesgo, sino es que todas, pueden ser consideradas como conductas instrumentales, donde el individuo únicamente responde a la situación.
Interacciones extrasituacionales.- El individuo responde en términos de su experiencia, desligándose funcionalmente del aquí y ahora, es decir responde a la situación presente “como sí” estuviera en otra; o bien responde a la situación “como si no” estuviera en ella. Un buen ejemplo sería cuando una persona antes de tener un contacto sexual ocasional, considera que puede contagiarse del VIH/SIDA y responde a la situación regulado por su información o por sus creencias.
Interacciones transituacionales.- Son las interacciones más complejas y están representadas por la función sustitutiva no referencial, dicha función es el nivel más alto de la taxonomía propuesta por Ribes y López (1985) y responden al orden de las creencias, solo que a diferencia del nivel anterior, este responde a creencias fundamentadas en metateorías (por ejemplo, la religión), lo cual implica la abstracción de las condiciones con las que se enfrenta el sujeto. En este último caso, el sujeto que está a punto de tener relaciones sexuales con su novia y es fiel creyente de Dios, respondería no solo a su información sobre el tema del VIH, como en el caso anterior, sino que además respondería mediado por las creencias que le ha impuesto su religión sobre las relaciones premaritales.
La identificación del nivel competencial tiene la función de permitirnos saber en qué nivel se desenvuelven las personas con las que se ha de trabajar, lo cual nos deja conocer con mayor precisión cuales son los elementos que se han de considerar para obtener los mejores resultados en el cambio de conducta.
El último punto en la categoría procesos es La modulación de los estados biológicos, y éste se refiere a los efectos que tiene el entorno en nuestros estados biológicos. En palabras de Ribes (1990c): “las condiciones biológicas del organismo pueden ser afectadas diferencialmente dependiendo de la manera en que el individuo actúa frente a las contingencias de una situación determinada” (p. 28). Lo anterior tiene sus bases en el estudio de Brady, Porter Conrad y Manson (1985, citados en Ribes, 1990c) quienes demostraron que el comportamiento es capaz de regular las formas de reacción biológica, dependiendo del tipo de conducta a ejecutar y de los parámetros que definen la situación (ver Figura 15).
La modulación de los estados biológicos, depende de cómo el individuo acostumbra enfrentar a su medio, en este caso tiene que ver directamente con los estilos interactivos que presenta el sujeto y su influencia en los procesos biológicos; por ejemplo, los efectos en el organismo de una persona con baja tolerancia a la frustración en situaciones en que los resultados no son los esperados. Dichos efectos pueden alterar ya sea a nivel del sistema nervioso, inmune o endocrino. Lo que esto representa es que las variables psicológicas son capaces de influir en el sistema inmune, ya sea debilitándolo o fortaleciéndolo, lo cual trae como resultante una alteración en el grado de vulnerabilidad del individuo (Ribes, 1990c).
Los resultados del proceso psicológico de la salud
Las resultantes que propone el modelo, pueden ser tanto del orden psicológico (conductas instrumentales de riesgo), como del orden biológico (la vulnerabilidad biológica y los estados patológicos que constituyen las características definitorias de la enfermedad), y el resultado de la interacción de estas dos resultantes es la condición patológica, que desde el punto de vista psicológico, es consecuencia de una baja vulnerabilidad y la emisión de conductas instrumentales de riesgo.
Las conductas instrumentales de riesgo o prevención consisten en acciones ejecutadas por los individuos que aumentan o disminuyen, la posibilidad de contraer alguna enfermedad. Ribes (1990c) define a las conductas instrumentales como “las acciones efectivas que aumentan o disminuyen los riesgos de contacto con los agentes fisicoquímicos y biológicos productores de patología biológica” (p. 31).
Las conductas instrumentales pueden ser clasificadas en conductas productoras de patología (riesgo) directa, las cuales se refieren al contacto directo con el agente patógeno; o indirectas, que son aquellas que sin entrar en contacto directo con el agente dañino aumentan la vulnerabilidad del organismo ante dicho agente, la principal características de este tipo de conductas indirectas está en que no producen efectos inmediatos y específicos.
Por otro lado, tenemos las conductas instrumentales preventivas las cuales hacen referencia a prácticas preventivas en situaciones donde el agente patógeno puede estar, al igual que en el caso de las conductas de riesgo, en contacto directo o indirecto. Las conductas instrumentales preventivas donde el agente patógeno está en contacto directo se refieren a conductas que involucran el contacto directo con el agente dañino pero en este caso, a diferencia de las conductas productoras de patología directa, se toman las debidas precauciones (las cuales no son garantía para evitar la adquisición de un agente patógeno), por ejemplo, los trabajadores del sector salud quienes, con precauciones tales como el uso de guantes de látex, se encargan de obtener las muestras de sangre para hacerles la prueba del VIH/SIDA; o bien, el tener relaciones sexuales con preservativo, lo cual no exime de poder ser contagiado del VIH (Ribes, 1990c).
Las conductas instrumentales preventivas donde el agente patógeno está en contacto indirecto, se refieren a conductas preventivas donde no hay exposición directa al agente patógeno y corresponden a conductas que previenen a largo plazo la aparición de una enfermedad, por ejemplo, lavarse las manos antes de comer o después de ir al baño, etcétera (Ribes, 1990c). Cabe señalar que particularmente en el caso de la prevención de la transmisión del VIH/SIDA, no se puede hablar de una conducta instrumental preventiva indirecta, puesto que para la transmisión del VIH se requiere de un contacto directo con el virus. En sí, este tipo de conductas preventivas es más común verlas en enfermedades de origen crónico.
Con todo lo anterior podemos decir que el hablar de conductas instrumentales, es hablar sobre la capacidad del individuo para producir cambios en el ambiente, es decir, el saber hacer en diferentes situaciones contingenciales; ya que, el que tenga o no lugar una conducta instrumental depende siempre de las competencias efectivas disponibles, las circunstancias biológicas del individuo, el campo contingencial con el que se enfrenta el individuo y la forma en que sus competencias modulan interactivamente dichas contingencias, sin embargo, el factor principal en la ejecución de conductas instrumentales es la capacidad del individuo, la cual según Ribes (1990c) se puede concebir como:
a) la disponibilidad de las conductas requeridas en tanto morfologías efectivas de comportamiento.
b) la disponibilidad de información sobre por qué se tiene que realizar o no cierta conducta.
c) la disponibilidad de información respecto a las ocasiones y oportunidad en que deben realizarse determinados comportamientos.
d) la disponibilidad de formas de interacción alternativas a las conductas con efectos instrumentales con cierto grado de riesgo.
Es importante subrayar que la información a la que se hace referencia desde el Modelo Psicológico de la salud Biológica responde a la capacidad que tiene el individuo de emitir conductas instrumentales preventivas, es decir, a la historia de una práctica efectiva, al saber cómo hacerlo, dónde hacerlo, cuándo hacerlo, etc. y no solamente a un conocimiento capaz de memorizar (Ribes, 1990c).
Dentro de las conductas instrumentales, es posible distinguir que existen dos tipos según su proximidad temporal con las consecuencias. Un primer tipo responde a las conductas instrumentales con efectos inmediatos en la salud, en las cuales se facilita que el individuo evite realizarlas dada la proximidad temporal entre el comportamiento y los efectos sobre el organismo, mientras que el segundo tipo, responde a conductas instrumentales con efectos demorados, las cuales tienen como principal efecto enfermedades crónicas o infecciones con periodos de incubación largos, como en el caso del VIH/SIDA; en este tipo de conductas, la prevención se dificulta debido a la demora de los efectos sobre el organismo.
La prevención se hace más compleja en el momento en que se combinan las conductas con efectos inmediatos que se consideran agradables, con los comportamientos con repercusiones nocivas a largo plazo, ya que no solo existe una demora en los efectos sobre el estado de salud, sino que se producen efectos inmediatos que compiten en sentido contrario, tal es el caso del alcoholismo o la drogadicción. Por otro lado y debido a que las conductas instrumentales están reguladas por factores adicionales a los efectos en la salud, puede pasar que las conductas de riesgo ocurran aun cuando existen las conductas preventivas; por ejemplo, los tan de moda deportes extremos. A este respecto, Ribes (1990c) señala la conveniencia de analizar las conductas preventivas en términos de sus efectos respecto a las conductas de riesgo y los factores situacionales que promueven su presencia y no solo su morfología. En otras palabras se han de buscar conductas preventivas incompatibles con las conductas de riesgo.
La vulnerabilidad biológica es considerada como aquellas condiciones orgánicas que aumentan el riesgo de que el individuo desarrolle alguna enfermedad aguda o crónica. Dicha vulnerabilidad puede verse afectada por interacciones biológicas (prácticas sanitarias inadecuadas o algún tipo de transmisión de enfermedades virales, etc.) y por razones de naturaleza orgánica (alteraciones genéticas o congénitas).
Se debe considerar el grado de vulnerabilidad del organismo en el momento en que se da la interacción ya que éste, funge como un factor de peso en la adquisición de alguna enfermedad patológica, puesto que se considera a la vulnerabilidad como una condición biológica que adquiere la característica de factor disposicional en el desarrollo de alguna enfermedad. Cabe mencionar que el grado de vulnerabilidad, nunca es estable, pues sobra decir, experimenta cambios con el paso del tiempo; a razón, de la historia interactiva previa, las características de la interacción presente y la forma en que el sujeto percibe la interacción con el agente nocivo (Ribes, 1990c).
La vulnerabilidad ha de considerarse entonces, como una condición que en su nivel mínimo, le da al organismo un menor riesgo de transmisión frente a cualquier patología. Esto implica, en el campo de la salud, la búsqueda de los niveles mínimos de vulnerabilidad y el incremento del nivel de inmunocompetencia en los individuos que se encuentran en riesgo de transmisión de alguna enfermedad. En este tenor, una forma de mantener el grado de vulnerabilidad en sus niveles mínimos consiste en eliminar los agentes estresantes, ya que se ha comprobado que a mayor estrés mayor vulnerabilidad; sin embargo, debe quedar claro que el estrés no es en sí mismo un elemento suficiente para el desarrollo de una enfermedad, sino que además han de considerarse el contacto con un agente patógeno y las características propias del elemento nocivo (Bayés y Arranz, 1988).
Hay que mencionar que el sistema inmune está en constante interacción con los sistemas nervioso y endocrino por lo que cualquier cambio en alguno de estos tres sistemas, puede afectar a los otros dos y sobre todo en el sistema inmune el cual tiene una influencia directa sobre el estado de vulnerabilidad. (Bayés y Ribes, 1989). Además es pertinente decir, que dentro de los eventos que pueden influir sobre la vulnerabilidad del individuo, podemos encontrar de dos tipos; eventos con características del orden de lo orgánico y eventos con características del orden de lo psicológico. Los factores de tipo orgánico se refieren a un daño físico localizable que implican un cambio en el funcionamiento normal ya sea temporal o permanente, mientras que los del orden de lo psicológico se refieren a problemas producto de la interacción con otros o con el medio y por lo regular son temporales, pues no existe daño físico alguno y todo está controlado por la forma en que el individuo modula sus estados biológicos.
Finalmente como resultado del proceso psicológico de la salud y sus resultantes, tenemos la emisión de conductas asociadas a patología biológica o la presentación de la patología biológica.
Las conductas asociadas a patología biológica se presentan como conductas que ocurren al mismo tiempo, como efecto secundario de un tipo de patología o como resultado de ciertas conductas instrumentales, sin que exista patología biológica alguna.
Dentro de las conductas asociadas a la enfermedad que se correlacionan con la existencia de una patología podemos encontrar tres formas distintas en que se da la correlación. La primera se presenta como una conducta efecto de una alteración biológica (es el caso de las afasias, o alguna limitante física que impide el desenvolvimiento funcional de una persona). Una segunda manera es el resultado del proceso de curación o rehabilitación (por ejemplo, los efectos de algún fármaco o tratamiento de curación). Por último tenemos los comportamientos de índole estrictamente psicológico, es decir, donde no existe la vinculación con alguna patología (la tristeza, desesperación, etc.). En estos casos hay que tener presente que este tipo de comportamientos son en muchas ocasiones generadores de un nuevo proceso psicológico, o bien, aumentan la vulnerabilidad del organismo respecto a una patología nueva o la que se cree poseer (Ribes, 1990c).
Por otro lado, las conductas asociadas a enfermedad producto de las conductas instrumentales sin que exista patología alguna, pueden ser tanto comportamientos enfermos que se presentan a la hora de enfrentar situaciones problema (gente irritable, enojona o hipertensa), o comportamientos enfermos que regulan los efectos de la interacción del individuo con su contexto como pueden serlo algunos síntomas somáticos (Ribes, 1990c).
La aparición de patología biológica se da a partir de la interacción de la vulnerabilidad biológica y la emisión de conductas instrumentales de riesgo; es decir, la ocurrencia de conductas instrumentales productoras de patología y la existencia de un elevado grado de vulnerabilidad biológica, lo cual se traduce en un estado de patología biológica.
Una forma de representar este tipo de interacciones y su resultado, se muestra en la Tabla 6 donde se vislumbran cuatro formas resultantes del proceso psicológico de la Salud, los cuales estarán determinados tanto por el nivel de vulnerabilidad biológica a la enfermedad, como por la capacidad para la ejecución de conductas instrumentales de riesgo.

En relación a la patología biológica, pese a que la naturaleza del problema ya es estrictamente biomédico, resulta necesario no descuidar el aspecto psicológico. De esta manera, la función del psicólogo en este nivel se traduce en: a) buscar una adherencia terapéutica efectiva, por medio de la planeación y la supervisión, b) en identificar y desarrollar comportamientos que se requieren en los problemas rehabilitativos y, 3) en atacar la aparición de comportamientos asociados a la patología biológica que en ocasiones adquiere autonomía funcional y se convierten en sí mismos en un problema terapéutico (Ribes, 1990c).
3.3 La prevención desde el Modelo Psicológico de la Salud Biológica
Considerando el comportamiento como el regulador de los efectos del ambiente sobre el organismo, las acciones de prevención están determinadas por el comportamiento que muestra el individuo en una situación determinada, comportamientos que con base en sus resultados pueden considerarse como preventivos o de riesgo.
Al hablar de prevención, Ribes (1990c) acierta al decir que todo tipo de acción preventiva, requiere de la participación del individuo actuando, es decir, todo programa preventivo está dirigido al cambio de comportamientos que representen un riesgo para la salud.
Resulta claro entonces que para el abatimiento de los problemas de salud se necesita de una estructura que establezca el tipo y grado de las acciones preventivas que se deben tomar. Actualmente, existen programas sociales de prevención, los cuales consideran la proliferación de ambientes físicos que impiden la adquisición de alguna patología, por ejemplo, lavar frutas y verduras, el mantenimiento de un drenaje en condiciones óptimas o bien su establecimiento, la potabilización de agua, etc., que favorezcan un desarrollo biológico libre de patología (Ribes, 1990c).
Por otro lado, los programas biológicos de prevención en el área de la salud, se rigen bajo la concepción médico-asistencial, la cual considera en su estructura de prevención tres niveles que van desde la administración de vacunas para evitar la adquisición de alguna patología, la intervención para la erradicación de alguna patología presente y la atención a pacientes terminales (Ribes, 1990c).
Ribes (1990c) considera necesario estructurar desde el punto de vista de la psicología una clasificación que permita al psicólogo, identificar las funciones que deberá desempeñar según el estado biológico de salud o enfermedad que presente el usuario, es así, como propone tres formas de intervención que cualquier Programa Psicológico de Prevención ha de considerar para su elaboración. Cabe mencionar que los niveles de prevención propuestos por Ribes no son excluyentes entre sí ya que las actividades a realizar dentro de cada nivel de prevención pueden vincularse en los diferentes niveles e incluso con los mismos objetivos.
Lo que hace diferente al programa psicológico de prevención de los demás programas (biológicos y sociales), es que en éste, los tres niveles propuestos implican la participación directa del sujeto en la emisión de conductas instrumentales preventivas y se basa en criterios y programas fundamentados en el comportamiento particular del individuo, es decir, son individuales por naturaleza. Asimismo considera que una dimensión psicológica de prevención es de vital importancia, ya que sin ésta las intervenciones preventivas de la dimensión biomédica y socioambiental carecerían de eficacia.
Desde la perspectiva psicológica de la salud, los tres niveles de intervención para la prevención de comportamientos de riesgo, son los siguientes:
Primario. Las acciones de prevención primaria forman parte de las prácticas vinculadas a la vida cotidiana previas a la aparición de riesgos biológicos. Lo que se busca es dotar a los individuos sanos de todas aquellas habilidades y destrezas que le permitan enfrentar con éxito las diversas actividades que enfrentan a diario. Algunas acciones preventivas de este nivel corresponden en desarrollar estilos de vida que reduzcan la propensión a condiciones de vulnerabilidad biológica, la promoción de comportamientos alternativos a aquellos que inducen riesgos para la salud, el adiestramiento en la evitación de accidentes y la adquisición de comportamientos que prevengan la muerte o lesiones en desastres naturales.
Secundario. Este tipo de acciones preventivas entran en acción una vez desarrollada la enfermedad, cuando ésta se encuentra en sus inicios o cuando se es propenso a desarrollar alguna patología biológica, es decir, la población ya no es una población sana sino una población altamente vulnerable o con una enfermedad crónica que se encuentra en sus inicios, o con cualquier otra enfermedad susceptible de agravarse, en donde los daños aún son reversibles en la mayoría de los casos. En este nivel la intervención consiste: en reconocer los indicadores de riesgo o patología, lograr el acceso al servicio médico pertinente, la adherencia a las prescripciones terapéuticas y preventivas, y en adquirir las competencias que le permitan al paciente acudir oportunamente al servicio médico. Cabe hacer notar que este nivel, al igual que el tercero, se considera preventivo en la medida en que impide el avance de la enfermedad.
Terciario. Este nivel corresponde a los niveles segundo y tercero del modelo biomédico. Desde el punto de vista psicológico, este nivel se aplica cuando existe una condición patológica que ha evolucionado produciendo daños irreversibles o parcialmente reversibles. Las acciones que corresponden a este nivel son de índole conductual y corresponden a: implementar el comportamiento de adherencia terapéutica, la eliminación de comportamientos que interfieren con la eficacia de los tratamientos biomédicos, reducción de las reacciones de estrés y la emisión de comportamientos que favorezcan los procesos de rehabilitación. En realidad este nivel está encaminado a la prevención en el deterioro acelerado del individuo con un cuadro patológico grave en donde existe una alta probabilidad de muerte.
3.4 El SIDA desde el Modelo Psicológico de la Salud Biológica
El Modelo Psicológico de la Salud Biológica se presenta como un modelo a nivel preventivo, y en el problema de la transmisión del VIH puede utilizarse en los tres niveles de intervención mencionados en el apartado anterior, las funciones de cada nivel se describen de la siguiente manera:
Tercer nivel. En este nivel el psicólogo trabajará con enfermos de SIDA, y su función consistirá en:
Buscar la adherencia terapéutica de todos aquellos pacientes que se encuentran bajo tratamiento, con el fin de que confíen en la ayuda médica pese a lo avanzado de su enfermedad, esto para mantener el equilibrio existente entre el genoma del VIH y los linfocitos T4, ya que de romperse dicho equilibrio -que está en condiciones precarias- existirá una respuesta de vulnerabilidad que se traducirá en una intensificación de la patología biológica adquirida.
Eliminar comportamientos que influyan o interfieran con la eficacia de los medicamentos suministrados, dotando al paciente de las habilidades que le permitan sobrellevar los efectos secundarios que producen los fármacos, ya que debemos de considerar que los pacientes con SIDA deben tomar hasta 12 pastillas al día y algunos de estos medicamentos producen, entre otras reacciones secundarias, náuseas, fatiga, sudoración excesiva, etcétera.
Buscar el grado mínimo de estrés y ansiedad, lo cual permitirá reducir el estado de vulnerabilidad del paciente, en términos de que a menor ansiedad menor vulnerabilidad, lo cual representa ganancias a nivel inmunológico.
Brindar apoyo psicológico a los pacientes y a sus familiares, con el fin de contribuir y aumentar la efectividad del tratamiento y el proceso de rehabilitación (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).
Segundo nivel. En este nivel, la labor del psicólogo se centra en las personas consideradas como seropositivas, y tratará de que cada persona alcance en todo momento su nivel mínimo de vulnerabilidad posible, con la finalidad de evitar la transición de un estado de portador asintomático a uno de enfermedad manifiesta. Asimismo y al igual que en el nivel anterior, se debe promover la adherencia terapéutica que facilite la permanencia en el estado de seropositividad, además de:
Dotar al individuo de las habilidades necesarias para enfrentar de modo efectivo las circunstancias que conllevan el riesgo de re-infección del VIH. Es aquí donde las conductas instrumentales preventivas han de establecerse, promoviendo el desarrollo de estilos interactivos que favorezcan la salud, entre los cuales Bayés y Ribes (1989) proponen el de tolerancia a la ambigüedad, debido a que la baja tolerancia podría suponer una labilidad emocional y por consiguiente una alta vulnerabilidad, esto en razón del largo periodo de incubación del VIH. Por su parte, Ribes (1990c) propone desarrollar los estilos interactivos de persistencia o logro, flexibilidad al cambio, tendencia a la transgresión, curiosidad, dependencia de señales y responsividad a nuevas señales, estilos que influirán en las competencias efectivas del sujeto y su interacción sin provocar un alto grado de estrés, lo cual representa un factor determinante para el grado de vulnerabilidad en que se pretende ubicar al individuo para evitar o alargar el mayor tiempo posible el desarrollo del SIDA.
Conductas instrumentales preventivas que impidan la re-infección o la transmisión de otras personas, por ejemplo, usar condón en todas y cada una de sus relaciones sexo-genitales, conocer la historia sexual de su pareja, etcétera.
Enseñarle al sujeto a identificar las tendencias que tiene para involucrarse en conductas instrumentales de riesgo, por medio del establecimiento de conductas que permitan identificar los indicadores de riesgo tales como, el tipo de práctica sexual que realiza el individuo, ya sea sexo anal, vaginal u oral, contextos sociales que probabilizan encuentros sexuales o el abuso de sustancias, como el alcohol o la droga, que auspicien conductas de riesgo, entre otras.
Instruir al sujeto en conductas instrumentales que le faciliten saber a dónde y con quién dirigirse para recibir la atención médica adecuada.
Instruir al paciente para que despliegue conductas que le permitan ser atendido en clínicas de salud.
Promover un estilo de vida saludable, a través de la alimentación adecuada, enseñarle a enfrentar de la mejor manera situaciones productoras de estrés, inculcarle cuidados personales propicios y por qué no, hacer algún tipo de deporte que no altere de manera drástica su vulnerabilidad biológica. (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).
Primer Nivel. En este nivel se concentra el principal campo de inserción del psicólogo en el área de la salud, pues en palabras de Ribes (1990c, p. 72) “… las acciones de naturaleza biomédica… sólo cubren dos niveles de prevención (el segundo y tercero)… y con el objeto de alcanzar un nivel preventivo primario en la práctica es necesario sustituir el modelo biomédico de salud por un modelo psicológico…”, ya que en este nivel existen en menor número las acciones de naturaleza médica; asimismo, se caracteriza por la ausencia de la enfermedad en el individuo y le atribuye al comportamiento el mayor peso en el proceso regulador de la salud-enfermedad.
En este nivel la labor del psicólogo consiste en:
Establecer en el individuo las habilidades necesarias para poder enfrentar de modo efectivo las circunstancias que conllevan el riesgo de infección del VIH, por medio del desarrollo de estilos interactivos que favorezcan la salud y que se mencionaron anteriormente, sólo que en este nivel el propósito es el de evitar la infección del VIH.
Desarrollar conductas instrumentales preventivas, por medio de la promoción de hábitos sexuales preventivos eficaces, ya sea tener relaciones sexuales con una sola pareja, usar condón de manera consistente –léase, usar el condón cada vez que se tienen relaciones sexuales (100% de las veces), sin excepciones- y sistemática, conocer sobre la transmisión del VIH, llevar a cabo prácticas sexuales alternativas al coito, tales como la abstinencia, las caricias, la masturbación, etc., o realizar cualquier tipo de relación que evite el intercambio de fluidos, entre otras. (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).
El desarrollo de competencias efectivas que puedan probabilizar un comportamiento preventivo eficaz; esto se ha de lograr haciendo que el individuo reconozca las señales o condiciones de estímulo que indican la cercanía de una situación de riesgo y por ende la oportunidad de practicar algún comportamiento preventivo alternativo, por ejemplo, la proximidad de una fiesta o una reunión donde la oportunidad de relacionarse sexualmente es muy alta y de esta manera poder ir a la fiesta llevando consigo un condón o bien no ir a dicha fiesta.
Enseñar al sujeto a identificar las consecuencias a corto y largo plazo que se pueden derivar de una conducta preventiva y de una de riesgo.
Entrenar al individuo en el reconocimiento de los comportamientos preventivos eficaces, los cuales van desde la evitación de comportamientos de riesgo, la eliminación de elementos nocivos del comportamiento de riesgo, la ejecución de comportamientos compatibles no peligrosos y la demora del comportamiento de riesgo hasta que pueda practicarse sin peligro o con un riesgo menor (Bayés y Ribes, 1989). Todas estas competencias responden al saber cómo, dónde y cuándo ha de llevarse a cabo el comportamiento sexual preventivo, esto es, el saber cómo usar un condón, con quién usarlo, dónde conseguirlo o bien cómo desarrollar una conducta sexual asertiva.
Establecer conductas instrumentales que permitan reconocer indicadores de riesgo, lo cual implica que el individuo identifique en su forma de relacionarse qué tipo de conductas sexuales (morfologías de conducta) son las que habitualmente despliega y cuáles de esas representan un riesgo de infección.
Establecer conductas instrumentales que permitan reconocer indicadores de riesgo en las situaciones que probabilizan que ejerza o no una práctica de riesgo, donde han de considerarse factores disposicionales como los gustos, preferencias, estados de ánimo, conmociones emocionales, condiciones biológicas, etc. que influyan en la ejecución de comportamientos de riesgo.
Establecer conductas instrumentales que permitan reconocer indicadores de riesgo en las personas que influyen directa o indirectamente en la ejecución de comportamientos de riesgo, así como las funciones que tiene cada una de ellas.
Modificar en la medida de lo posible las creencias que influyen en la ejecución de comportamientos de riesgo; esto se logra, por ejemplo, eliminando la concepción de que el uso del condón representa una falta de hombría o que el coito vaginal es bueno pero no la masturbación, o bien un cambio de creencias sobre la propia vulnerabilidad del sujeto con base en la típica frase “a mí no me va a pasar” etc. (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).
Como se ha podido ver, el campo de acción de la psicología en la prevención de la transmisión del VIH, abarca desde las primeras acciones necesarias para evitar la transmisión del VIH, hasta la prevención del avance de la enfermedad causada por el virus de inmunodeficiencia adquirida; y aunque la psicología puede intervenir en cualquiera de los tres niveles, consideramos que la principal labor del psicólogo debe de centrarse en el primer nivel de intervención para evitar se propague la pandemia, lo cual no significa que se le dejen de lado los demás niveles.
La intervención del psicólogo en el primer nivel, debe obedecer a un saber hacer, es decir: un saber qué se tiene que hacer, en qué circunstancias hacerlo, cómo reconocerlo, cómo decirlo, cómo hacerlo, haberlo hecho antes o haberlo practicado, saber por qué se tiene que hacer o no hacer y reconocer si se tiende o no a hacerlo, saber cómo reconocer la oportunidad de hacerlo y de no hacerlo, saber hacer otras cosas en dicha situación, o lo que es igual, saber hacer lo mismo pero de otra manera (Ribes, 1990c).
Lo anterior se traduce en la ejecución de conductas instrumentales preventivas que le permitan al individuo modular su interacción, lo cual se lleva a cabo por medio de las competencias funcionales efectivas de las personas, dichas competencias vistas como eventos disposicionales, regulan el comportamiento e influyen de manera directa en que una persona se infecte o no del VIH.
Retomando las categorías del Modelo Psicológico de la Salud Biológica, creemos que son las competencias que el individuo posee, una parte fundamental del proceso psicológico relacionado con el mantenimiento, pérdida o recuperación de la salud. De esta manera proponemos la evaluación de dichas competencias, ya que de hacerlo, esto nos permitirá identificar cuáles son las competencias efectivas y el nivel en que dichas competencias se desempeñan en los comportamientos de riesgo y de prevención.
Para dicha evaluación, se requiere de un sistema analítico de evaluación congruente con el Modelo Psicológico de la Salud Biológica, a este respecto Ribes, DíazGonzález, Rodríguez y Landa (1986) proponen el Análisis Contingencial, el cual, se propone como una tecnología, derivada de un conocimiento básico que tiene como principal objetivo poder ser un conocimiento aplicable sin caer en limitaciones metodológicas tales como la extrapolación del conocimiento científico o la analogía de procesos (DíazGonzález y Carpio, 1996; Rodríguez, 2002).
Cómo citar:
García-Vargas, G. (2004). Evaluación de competencias funcionales relacionadas con la transmisión del VIH/SIDA en pacientes seropositivos: un estudio piloto. Tesis de Licenciatura, Universidad Nacional Autónoma de México – Facultad de Estudios Superiores Iztacala. https://doi.org/10.13140/RG.2.2.11398.68163
Repositorio de Tesis DGBSDI: https://hdl.handle.net/20.500.14330/TES01000600787
Acceso texto completo con eferencias
Moreno, D., García, G., Rodríguez, M.L. Y DíazGonzález, E. (2007). Reflexiones críticas a los modelos psicológicos de la salud orientados al VIH/Sida desde la perspectiva interconductual. En S. Robles y D. Moreno (Ed). Psicología y Salud Sexual (pp 43-62). México: Universidad Nacional Autónoma de México-Facultad de Estudios Superiores Iztacala. (ISBN 978-970-32-4826-1) https://www.researchgate.net/publication/389174073_Reflexiones_criticas_a_los_modelos_psicologicos_de_la_salud_orientados_al_VIHSida_desde_la_perspectiva_interconductual